Voy con la moto, de repartidor de Burger, y de repente la veo. Digo: “No puede ser, no puede ser”. Y pienso: “A tomar por culo, voy”.
Me había repetido tanto al principio lo que iba a decir para entrar y romper el hielo que, automáticamente, me quité el casco mientras le decía:
“Mira, te vi el otro día y es que me encanta tu rollo, la verdad, y me gustaría conocerte en algún momento”.
Y mientras me quito el casco me dice:
“Pues apúntate mi teléfono y quedamos”.
O sea, “apúntate mi teléfono”. Y yo: “Buah”.
Y es que de repente ha empezado todo: “Sí, claro”, tal, no sé qué… “¿Cómo te llamas?” “Marta”. “Ay, qué nombre tan bonito”… Y me ha dado el teléfono.
No sé cómo ha pasado, pero de repente ha empezado a haber una conexión muy guay. Le pregunto: “¿Fumas?”. Me dice que no y le digo: “Buah, yo tampoco, lo acabo de dejar…”.
No sé, tío, una conexión que flipas.
Estoy flipando. Estoy empoderadísimo.
Oye, qué pasada. Está buenísima. Dominar esto es una puta pasada, en serio, porque ya te digo: solo sabiéndolo ya estás por encima del 50% de la población, pero si lo dominas estás en el 1%.







